martes 9 de junio de 2009

La paradoja de la izquierda


Por José Saramago


Otras veces me he preguntado dónde está la izquierda, y hoy tengo la respuesta: por ahí, humillada, contando los míseros votos recogidos y buscando explicaciones al hecho de ser tan pocos. Lo que llegó a ser, en el pasado, una de las mayores esperanzas de la humanidad, capaz de movilizar voluntades simplemente apelando a lo que de mejor caracteriza la especie humana, y que creó, con el paso del tiempo, los cambios sociales y los errores propios, sus propias perversiones internas, cada día más lejos de las promesas primeras, asemejándose más y más a los adversarios y a los enemigos, como si esa fuese la única manera de hacerse aceptar, acabó cayendo en meras simulaciones, en las que conceptos de otras épocas fueron utilizados para justificar actos que esos mismos conceptos habían combatido. Al deslizarse progresivamente hacia el centro, movimiento proclamado por sus promotores como demostración de una genialidad táctica y de una modernidad imparable, la izquierda parece no haber comprendido que se estaba aproximando a la derecha. Si, pese a todo, fuera todavía capaz de aprender una lección, ésta que acaba de recibir viendo a la derecha pasarle por delante en toda Europa, tendrá que interrogarse acerca de las causas profundas del distanciamiento indiferente de sus fuentes naturales de influencia, los pobres, los necesitados, y también los soñadores, que siguen confiando en lo que resta de sus propuestas. No es posible votar a la izquierda si la izquierda ha dejado de existir.

Curiosamente, y esta es la paradoja, el político al que el título de este comentario se refiere, es precisamente el que en este momento preside los destinos del país que desde hace muchísimo tiempo viene desarrollando una política en todos los aspectos imperial y conservadora: Barack Obama. Da que pensar. Una acción política que, como vengo diciendo, pretende poco más que salvar los muebles de un capitalismo sin reglas que estuvo a punto de devorarse a sí mismo, nos parece ahora casi, casi, la realización del sueño de la izquierda. Apuesto que mucha gente, progresistas, socialistas, comunistas, anda por ahí preguntándose: “Y si Obama fuese presidente de mi partido?” Tal vez lo que llamamos ironía de la Historia sea algo así como esta situación… Tal vez sea, solamente, la importancia del factor personal.

Publicado en "El cuaderno de Saramago"

lunes 25 de mayo de 2009

Políticas newtonianas en el universo de Einstein

Por Normal Birnbaum
Catedrático emérito de la Universidad de Georgetown

La historia de Estados Unidos, como la de los países europeos a partir del siglo XV, se define por sus conquistas en el exterior. El continente americano fue conquistado, sus habitantes primitivos se vieron privados de la tierra y reducidos a la servidumbre, se ocupó gran parte de México, y los Estados del Caribe y América Central quedaron sometidos a tutelaje. Nuestra oposición al imperialismo fue ambigua y contradictoria, conjugando el auténtico rechazo de algunos estadounidenses con la cínica justificación de otros de la dominación que imponíamos.

Seguimos siendo una potencia imperial. Nuestro control del sur de la frontera ha mermado, pero ahora es mayor nuestra presencia en otras partes del mundo. Las explicaciones de nuestros sabios y el lenguaje de nuestros políticos cambian, Kabul sustituye a Saigón, pero los ataúdes de nuestros soldados vuelan de regreso a casa y las naciones que decimos estar liberando o protegiendo siguen quedando devastadas. El secretario de Defensa, Gates, ha anunciado una importante reorganización de las fuerzas armadas, destinada a prepararlas para intervenir en guerras civiles; un proyecto que, con su laxa definición de "terrorismo", augura un sinfín de conflictos.

Con todo, es algo que no cuadra con la tendencia general de la historia contemporánea. Los Estados del Hemisferio Norte, en su mayoría, han sido expulsados del Hemisferio Sur: España y Portugal tuvieron que abandonar América Latina, Francia se fue del norte de África y Gran Bretaña abandonó Egipto, Irak y el subcontinente indio.

Por otra parte, se ha renunciado a África y los blancos del continente aceptan el Gobierno de la mayoría en Suráfrica. La Esfera de Prosperidad Compartida de la Gran Asia Oriental, propiciada por los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, es un lejano recuerdo. Las revoluciones china y rusa significaron la liberación respecto al dominio extranjero.

El nuevo proyecto estadounidense se justifica de tres maneras distintas. En primer lugar, dice que se enfrenta a la organización islamista que está tras los atentados contra Estados Unidos. Si dicha organización sigue existiendo, en qué se ha transmutado o dónde puede encontrarse son preguntas a las que el Gobierno estadounidense no puede responder. En lugar de eso, el nuevo proyecto político-militar conlleva la lucha, en los países de origen, contra grupos islamistas y de otra índole que cuanto más batalla Estados Unidos contra ellos, más adeptos tienen.

La segunda justificación afirma que estamos inmersos en una campaña en defensa de los derechos humanos y el desarrollo económico. Lo cual deja de lado los defectos de nuestros aliados, entre ellos Israel y Arabia Saudí. Las pruebas de que el respeto a los derechos humanos y el desarrollo económico puedan lograrse mediante la presión exterior brillan por su ausencia.

Según la tercera justificación, estamos asumiendo nuestras responsabilidades mundiales, aunque gran parte del resto del mundo preferiría que nos centráramos en nuestros problemas internos. Así lo cree un sector de la opinión pública estadounidense. Muchos de nuestros artistas, académicos, escritores y pensadores están de acuerdo, y, con ellos, un grupo considerable de personas de la élite económica y política.

¿Por qué no se cuestionan las líneas generales de la propuesta del Pentágono? Sólo 51 de los 435 congresistas se opusieron a financiar la guerra en Afganistán, sistemáticamente mal concebida. El resto del mundo vive en un universo einsteiniano en cambio constante, mientras Estados Unidos continúa en un medio estático y newtoniano.

La inercia del aparato imperial es la fuerza motriz de nuestra física política. Por sí solos, los condicionantes económicos no reducirán nuestro modelo de intervención permanente en el exterior, e incluso podrían acentuarlo. Lo que sí podría alterar la situación sería la aceptación pública de que nuestro país puede tener un papel mundial más complejo y limitado, menos orientado por la angustia y el miedo.

Muchos nos equivocamos al pensar que Vietnam haría inevitable esa aceptación, o que el desastre en Irak remataría la faena iniciada con la derrota en Indochina. Unas pocas horas de televisión estadounidense o la lectura del Washington Post indican que la convicción de la propia superioridad moral sigue primando en nuestra sensibilidad política, sin dejar de ocultar un profundo miedo a un mundo hostil. De alguna manera, nuestro presidente duda que una visión alternativa deba presidir abiertamente su política exterior y militar. Avanza poco a poco, lo cual minimiza el impacto de sus iniciativas, nuevas y muy positivas respecto a la reducción de armas nucleares y el conflicto árabe-israelí.

A menos que adopte un papel dominante y pedagógico, los elementos regresivos del aparato pondrán en cuestión su programa. Durante la campaña electoral hablaba como Prometeo. Ahora hay cierto riesgo de que termine como Sísifo.


Traducción de Jesús Cuellar Menezo
Publico en El País, España, el 25 de Mayo de 2009

miércoles 20 de mayo de 2009

Memoria y libertad


Por Almudena Grandes
Discurso inagural en la entrega de los premios Ortega y Gasset 2009

Cuando yo era pequeña, quería ser mayor para poder leer La Codorniz.

Mis dos abuelas habían muerto muy jóvenes, casi a la vez, antes de que yo alcanzara lo que entonces se llamaba el “uso de razón”, pero para mi fortuna, y para la de mi razón, me quedaba mi tía Charo. Ella, la hermana pequeña de mi abuelo Manolo Grandes y la abuela que nunca me faltó, era la que compraba todas las semanas “la revista más audaz para el lector más inteligente”. Y en verano, cuando la veía sentarse en el porche, siempre en la misma butaca, y encender un Chesterfield para leerse La Codorniz de cabo a rabo, yo sentía que estaba pasando algo importante. A partir de aquel momento, la tía Charo no hablaba, no miraba, no escuchaba, no oía. Pero nadie podía sospechar que había dejado de respirar, de pensar o de vivir, porque se partía de risa.

Cuando yo era pequeña, quería ser mayor para poder partirme de risa leyendo La Codorniz, aquella lectura inapropiada, no exactamente prohibida, porque en mi casa nunca se prohibió leer, que lograba despistar a veces para volcarme sobre ella con tanta avidez como frustración, porque por mucha atención que destinara a su lectura, nunca me enteraba de nada. La verdad es que años más tarde, cuando la he ojeado en todos los puestos callejeros y librerías de viejo donde he encontrado números sueltos, no me he enterado de mucho más. Los incontables collares de las condesas de Serafín, y esos chistes verdes en los que Chummy- Chúmez dibujaba mujeres acorazadas, de puro decentes, me resultan hoy tan indescifrables como los artículos de Tono o de Mihura, sobre subsecretarios, cacerías y procuradores por el tercio familiar. Esa es la medida de mi suerte. La medida de la desgracia de mi tía Charo era no encontrarla en el quiosco.

- ¡Hala! –y sólo con verla, una abrumadora desolación enturbiando sus ojos, los labios a cambio tensos de indignación, todos sabíamos lo que había pasado-. ¡Ya han vuelto a censurar La Codorniz!

Yo aprendí de mi tía Charo que en España había una cosa que se llamaba censura y que hacía infeliz a gente que no se lo merecía. Justo fue que lo aprendiera de ella, porque ella fue también quien me enseñó a leer periódicos. Todos los días compraba varios, unos por la mañana, otros por la tarde, y los leía con un apetito minucioso, relajado, el placer primaveral de quien paladea un helado en una tarde de mayo, encendiendo un Chesterfield con la colilla del anterior, y saltándose siempre, religiosamente, los artículos de opinión.

- ¿Y para qué se creerán estos que me gasto yo tanto dinero en periódicos? –decía mientras tanto-. ¡Pues para formarme mi propia opinión, naturalmente, ni que me hiciera falta conocer la
suya!

Aquellos días en los que el olor del humo se confundía con el aroma áspero y entintado del papel de periódico, me enseñaron que la memoria de la libertad, es libertad. La libertad sin memoria, una flor de invernadero, frágil y anémica, débil, delicada, interesante quizás en su palidez, pero expuesta siempre a fracasar por cualquier contratiempo, un cambio de temperatura, un riego inadecuado, una simple corriente de aire. Yo lo sé porque crecí en un país sin libertad, pero vi cómo resplandecía su memoria en los ojos de algunas mujeres de mi familia, que al evocarla, volvían a ser jóvenes, felices, y tan libres como fueron una vez.

- ¿Y tú por qué no te casaste, tía Charo?
- ¿Yo? ¿Para qué? ¿Para aguantar a un señor que me dé órdenes? No, hija mía, no. A mí nunca me ha gustado obedecer.

He recibido pocas lecciones de libertad tan radicales como las que me dio aquella mujer que desobedecía leyendo La Codorniz. Acaso las que recibí de la otra hada madrina de mi infancia, mi tía Camila, una mujer extraordinaria que a los sesenta años seguía siendo una belleza, alta, sensual, opulenta como una odalisca, la más coqueta y, en el mejor sentido de la palabra, desvergonzada que he conocido jamás.

- Escuchadme bien porque, cuando yo me muera, esto ya no
os lo podrá contar nadie.

Así empezaba Camila todas sus historias y, entre ellas, mi
favorita, el relato de la noche de 1932 en la que fue proclamada Miss Chamberí por aclamación popular, en la verbena que se celebró en el solar donde, más de veinte años después, se edificó un mercado, el de Barceló, sobre el que acabaría escribiendo yo tantos artículos. Pues nada, contaba ella, que yo estaba allí con mis amigas, pasando el rato, y la gente empezó a gritar, ¡la de verde!, ¡la de verde!, y yo, pues, gritaba lo mismo, ¡la de verde!, hasta que Merceditas me dijo, pero, calla, Camila, que la de verde eres tú... Y yo dije, ¡ah!, pero si las que están ahí arriba son mucho más guapas que yo, y a mi alrededor, la gente decía, ¡que no, que no, que tú eres la más guapa! Y ya no me quedó más remedio que subir, claro, y me hicieron fotos para los periódicos, y me pusieron una banda y todo. Aunque también es verdad que cuando volví a casa, por la noche, tu bisabuelo, o sea, mi padre, me la quitó de un bofetón...

Yo, que nunca me cansaba de oír aquel relato, pedía más y
más detalles de aquella miss vestida de verde mientras mi tía Charo, a quien aquel episodio le parecía de una insuperable frivolidad, meneaba la cabeza con desánimo. En aquella época, me parecía que no podían existir dos mujeres más diferentes. Ahora sé que eran tan semejantes como las dos caras de una misma moneda. Una se dejó casar, y nunca se resignó a que no le permitieran separarse de su marido. La otra se negó a correr ese riesgo, prefirió trabajar y defendió su independencia como una fiera. Las dos pagaron un precio igual de injusto por intentar seguir viviendo como habían aprendido a vivir de jovencitas, como mujeres libres, bajo una bota programada para aplastar cualquier vestigio de libertad real o imaginaria, y sobre todo, la memoria misma de la libertad.

Eran sólo dos mujeres, nada frágiles por cierto, pero sólo dos mujeres, fuertes como dos rocas, pero dos mujeres, nada, casi nada, dos mujeres solas contra el aparato de adoctrinamiento de todo un estado, y sin embargo, se salieron con la suya. Porque fueron ellas las que me enseñaron, cada una a su manera, no sólo en qué consistía la libertad.

Por eso, y porque ninguna de las dos tuvo hijos, pero las dos
me tendrán siempre a mí para recordarlas, he querido que me acompañen esta tarde, en este escenario al que van a subir los ganadores de la vigésimo sexta edición de los Premios Ortega y Gasset, tan vinculados siempre, pero tal vez este año más que nunca, a la memoria de la libertad de España, un proceso en el que el diario El País jugó, desde el mismo momento de su fundación, un papel protagonista que nunca debería abandonar. Si en el momento de su aparición, El País encarnó toda una imagen de la sociedad civil española, aquel ansia explosiva de libertad para ahora mismo que nos sacudía como una corriente eléctrica mientras lo estrenábamos todo, nuestro país, nuestras ciudades, nuestras vidas, las noches de nuestros días, el hambre y la sed, la política, y la política, y la política, porque todo era nuevo, flamante, espléndido, y tan placentera la insólita brisa de la libertad acariciando nuestros insólitos brazos desnudos, hoy debe recoger también los posos de aquella euforia, el sedimento estable y maduro de un desencanto inevitable, y los brotes juveniles que aún son capaces de desordenarlo de vez en cuando.

Ahora que España es un país admirablemente aburrido,
afortunadamente previsible y definitivamente vulgar, para nuestro bien y el de nuestros hijos, la sociedad civil puede escoger con serenidad sus propias causas. En los últimos tiempos, ninguna la ha conmovido tanto como la memoria de la libertad perdida y recuperada, que había sacudido ya a todos, o a casi todos, los españoles de mi generación, en la intimidad de sus viejas historias familiares, antes de que llegara a consolidarse una corriente de pensamiento, yo diría que también de sentimiento, que ha explotado en los últimos años en toda clase de manifestaciones individuales y colectivas. La reivindicación de la memoria de las viejas libertades ha vuelto a situar a la sociedad civil española por delante de la clase política, y muy por delante de las instituciones, treinta años después de la Transición. Por eso quiero felicitar a los miembros del jurado de los XXVI Premios Ortega y Gasset de Periodismo, mientras me felicito a mí misma, por haber premiado unos trabajos, y a unos autores, que han sabido representarnos a todos.

Una imagen de Adolfo Suárez, vestido de verano y tan
elegante como siempre, mientras pasea con el Rey en el plácido y fresco verdor de un jardín bien cuidado, sería siempre interesante, pero la fotografía ganadora de este año, es mucho más valiosa por lo que no se ve. Que su autor, Adolfo Suárez Illana, es el hijo mayor del primer presidente de la democracia, que su padre ya no se acuerda de lo importante que será siempre para la memoria de este país, y que su figura encarna lo que una cruel, impía enfermedad, impide que él recuerde, pero nunca olvidaremos los demás.

El reportaje de Amaya García, premiado en la categoría de
periodismo digital, es otro alegato contra el olvido, y otro acto de amor, como todos los que inspiran la memoria de las cosas que merecen la pena. Durante setenta años, los 4.300 fusilados republicanos enterrados en la que, hasta ahora, es la fosa común más grande de España, la del cementerio de San Rafael, en Málaga, no fueron sólo polvo y huesos, sino un secreto y una vergüenza, la ausencia de sí mismos, la inexistencia misma de 4.300 cadáveres sin nombres, sin apellidos, sin historia, como fantasmas pálidos y anónimos expulsados de la realidad. Cuando un equipo de arqueólogos y forenses se propuso devolverles su identidad, Amaya estaba allí, y quiso, y supo, y pudo contarlo, transmitir la estremecedora emoción de ese momento.

Y de mi querido maestro, y vecino, y amigo, Jorge Martínez
Reverte, ¿qué puedo decir? Él, que me había conmovido ya tantas veces, que había volcado en sus páginas tantas palabras, tantos instantes, tantas historias memorables, tejidas con una sustancia afín al corazón humano, lo consiguió otra vez con el relato de la muerte de su madre, Josefina Reverte, a quien yo conocía ya desde que leí aquel libro hermoso, tan español y tan lleno de ternura, que Jorge y su hermano Javier titularon “Soldado de poca fortuna”. Mientras leía esta historia de amor, la amorosa crónica del final de una mujer que había sido buena, dulce, feliz, y no se merecía una muerte agria y fea, volví a admirarme de la grandeza de la buena literatura, que siempre es capaz de mejorar hasta las mejores causas, como la defensa de una muerte digna.

Sé que Tomás Eloy Martínez no es español, y que es
probable que no conozca algunos de los datos, ni sepa interpretar las referencias a las que he recurrido hasta ahora. Pero sé que Tomás Eloy es argentino, y por eso, estoy segura de que me ha entendido. Quizás me entienda aún mejor cuando le cuente que el azar me hizo nacer un 7 de mayo, para hacerme compartir todos mis cumpleaños con Eva Duarte de Perón, a la que él llamó Santa Evita en el libro que hizo de mí una más de sus lectores. Allí, entre otros textos suyos, aprendí cuánto sabe Tomás Eloy de los mecanismos de la memoria y de la naturaleza de la libertad.

La memoria de la libertad es libertad porque se consolida en
el presente y se proyecta generosamente en el futuro. Los españoles, que sabemos tanto de su pérdida, y de su reconquista, deberíamos ser conscientes siempre de que las libertades que no se defienden, se acaban perdiendo. Y en momentos delicados, como la crisis económica que amenaza el nivel de bienestar del que hemos disfrutado durante los últimos años, debemos ser aún más conscientes de la necesidad de defender una prensa libre y plural, como expresión suprema de la madurez que nos negaron durante tantos años.

Con mi memoria a cuestas, quiero terminar agradeciendo al diario El País la invitación que me ha permitido dirigirme a ustedes aquí, esta tarde. Créanme si les digo que a aquella niña, que de pequeña quería ser mayor para poder leer La Codorniz todas las semanas, en un país sin censura, nada le habría gustado más que verme aquí, en este momento.

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A propósito de memoria y libertad hoy a las 7 PM, en el colegio Los Reyes Rojos de Barranco, se proyectará el documental Lucanamarca. La función es gratuita.



martes 19 de mayo de 2009

Pronunciamiento sobre el conflicto en la amazonía peruana


Proyecto Coherencia y Gobierno Coherente, organizaciones de jóvenes universitarios y profesionales, ante el conflicto existente entre las comunidades indígenas amazónicas y el Gobierno central, queremos expresar nuestra posición en los siguientes términos:
  1. Las políticas de Estado deben ser el resultado del diálogo permanente con la sociedad. Las voces de los pueblos indígenas amazónicos deben ser escuchadas y tomadas en cuenta a la hora de promulgarlas. Los levantamientos protagonizados por comunidades amazónicas en las últimas semanas han sido motivados por leyes que se promulgaron sin consultas ni las consideraciones pertinentes, sin compartir oportunamente información clara y comprensible a través de los medios adecuados. Cabe señalar que estas comunidades arrastran una historia de abusos provocados por agentes nacionales y extranjeros, sin el reconocimiento pleno de sus culturas o las garantías para la justicia y la vida. Los tribunales internacionales consagran el vínculo especial que los pueblos indígenas mantienen entre sus territorios, su cultura y su vida. Por tal motivo, enfatizamos que la población local debe ser partícipe en su conjunto de las decisiones que le atañe directamente, tal como lo reconocen la Constitución peruana, el Convenio 169 de la OIT y la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas.
  2. Las empresas tienen derecho a explotar los recursos naturales amazónicos para generar riqueza y crecimiento económico, pero sometidas a una normatividad y regulación que asegure tanto el mantenimiento del medio ambiente cuanto el bienestar de los pueblos indígenas originarios, así como de otros pobladores que comparten el territorio. Estas son condiciones impostergables. No toda la región amazónica es susceptible de explotación, según la legislación peruana. Asimismo, los mecanismos para la sustentabilidad en las zonas forestales, mineras, hidrocarburíferas y de agricultura intensiva tienen que ser monitoreados con rigurosidad y en todo momento por el Estado en todos sus niveles, especialmente en el de los gobiernos regionales y municipales, que deben tener un rol mucho más activo en estos procesos.
  3. La solución a los conflictos y la participación en las decisiones de Estado debe lograrse a través de los canales democráticos. Rechazamos la violencia en las acciones, provenga esta de grupos indígenas, fuerzas del Estado u otro actor involucrado en los últimos acontecimientos. La intransigencia y la confrontación radical no son estrategias que nos parezcan válidas para un país democrático, por lo que condenamos que aparenten ser las únicas medidas efectivas para despertar la atención de los gobernantes, así como a organizaciones o dirigentes que incidan en estos comportamientos. En este sentido, la población indígena de la Amazonía debe perseguir una mayor presencia en espacios políticos de representación, desde donde canalizar y concertar las propuestas de sus más de 300 mil habitantes, distribuidos en 51 etnias y 13 familias lingüísticas diferentes, según el Censo de Comunidades Indígenas de la Amazonía Peruana del año 2007.
  4. Consideramos que la Amazonía es un espacio estratégico para el desarrollo del país. La Amazonía tiene características geográficas, ecológicas y culturales particulares, de trascendencia mundial; pero para su desarrollo es necesaria la implementación de políticas públicas inclusivas, basadas en un enfoque de derechos. En este sentido, deben promoverse, prioritariamente, actividades económicas de menor impacto ambiental y políticas que impulsen el capital humano y los conocimientos locales. Es necesario que instituciones, líderes de opinión y ciudadanos expongamos alternativas que estimulen el debate sobre la problemática actual de esta región y sus habitantes, para no recaer en un silencio que cause arbitrariedades o resentimientos.
Un ambiente natural equilibrado será posible en cuanto la sociedad armonice sus intereses a través del diálogo; el bienestar de todos los peruanos depende también de un vínculo responsable con el ecosistema amazónico


Lima, 18 de mayo de 2009.

lunes 18 de mayo de 2009

Un grande se nos fue

Gracias por enseñarme que la idea da fuerza y el sentimiento dirección.

¿Por qué cantamos?

Si cada hora viene con su muerte
si el tiempo es una cueva de ladrones
los aires ya no son los buenos aires
la vida es nada más que un blanco móvil

usted preguntará por qué cantamos

si nuestros bravos quedan sin abrazo
la patria se nos muere de tristeza
y el corazón del hombre se hace añicos
antes aún que explote la vergüenza

usted preguntará por qué cantamos

si estamos lejos como un horizonte
si allá quedaron árboles y cielo
si cada noche es siempre alguna ausencia
y cada despertar un desencuentro

usted preguntará por qué cantamos

cantamos porque el río está sonando
y cuando suena el río / suena el río
cantamos porque el cruel no tiene nombre
y en cambio tiene nombre su destino

cantamos por el niño y porque todo
y porque algún futuro y porque el pueblo
cantamos porque los sobrevivientes
y nuestros muertos quieren que cantemos

cantamos porque el grito no es bastante
y no es bastante el llanto ni la bronca
cantamos porque creemos en la gente
y porque venceremos la derrota

cantamos porque el sol nos reconoce
y porque el campo huele a primavera
y porque en este tallo en aquel fruto
cada pregunta tiene su respuesta

cantamos porque llueve sobre el surco
y somos militantes de la vida
y porque no podemos ni queremos
dejar que la canción se haga ceniza.

Mario Benedetti
...

PD: Y gracias a Graciela por mostrarme este poema